Usted preguntará porqué cantamos
Me ha pasado, al encontrar textos míos guardados sin releer ni corregir, ser tomada por una sensación de extrañeza. ¿Quién es la que allí habla?. Paradoja: aún en medio de esa extrañeza, lo allí plasmado me hace sentir amparada.
Para compartir esto que pide ser inscripto en la escritura usaré el procedimiento de la “multiplicación dramática”. Multiplicar proviene de plico: implicarse, resonar desde la escena personal, desde la propia intimidad. Despliegue de versiones o variaciones para indagar sobre el origen de nuestro decir.
Escena 1: Es verano. Río marrón, mosquitos, casa antigua. ¿Qué pasa ese verano en el pueblo junto al río? Una niña de doce años comienza a escribir. Con secante y plumas a las que no está acostumbrada intenta contar su primer exilio. En esa casa llena de tías adonde vive expatriada, piensa en la madre que está fuera de su alcance. ¿Acaso es una carta? Sí, una carta a la que la niña llama “diario”. De ahí en más su vida será así: un ausente y la escritura tratando de sanar la herida que no cierra. Jamás cierra.
Escena 2: Desde la infancia, durante las vacaciones, vamos al pueblo de mi padre en Entre Ríos. El cementerio está junto al Paraná y es tan antiguo como la villa fundada por el antepasado vasco. En la calle que va hacia el puerto hay un terreno herencia del pariente fundador. Allí se instala el circo pero, inexplicablemente, nunca me dan permiso para ir.
No creo que haya existido nada más deseado que esa carpa. Brillaba en plena noche junto al río que todo lo arrastra en cada creciente. El circo y sus luces encendidas sostuvieron mi fe a pesar de la negrura que busca sitiarnos. Se comprende entonces que quiera honrar esta deuda escribiendo teatro.

